No podemos construir una sociedad moderna sobre la ideología de la muerte: ¡por la abolición de la pena de muerte!

14/10/2013
Comunicado
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Tribuna publicada en el diario Dawn (en inglés) el 10 de octubre con motivo del Día Mundial contra la Pena de Muerte.

Por Florence Bellivier, Presidenta de la Coalición Mundial Contra la Pena de Muerte, Karim Lahidji, Presidente de la FIDH, Robert Badinter, exministro de Justicia (Francia)

«¡Viva la muerte!» En los años 30 las milicias franquistas solían celebrar con este grito sus victorias durante la Guerra Civil española. En efecto, han existido siempre y por desgracia aún existen, por desgracia, estados que prefieren la muerte a la vida, la barbarie a la razón, y la pena de muerte demuestra, por sí sola, esta aberración.

58 estados más o menos ricos, algunos de ellos democráticos y otros dictatoriales, pueden hoy en día seguir condenando a muerte legalmente a uno de sus conciudadanos. De entre ellos, 21 lo han puesto en práctica en 2012 y han sacrificado vidas en el altar de la injusticia; tal como hacen los propios asesinos, han violado el derecho más elemental de todo ser humano, el derecho a la vida.

Es inadmisible que haya individuos que no respeten este derecho y sin duda los estados deben condenar a los asesinos y prevenir la delincuencia, pero no pueden, en ningún caso, reproducir esos mismos actos. Es imposible construir una sociedad moderna y justa sobre una ideología vinculada a la muerte, así como tampoco se puede creer que se hace justicia al aplicar la ley del talión.

Este último punto es fundamental, es central en los argumentos abolicionistas; se trata de un principio tanto filosófico como jurídico. Las sociedades en las que vivimos tienen que situarse por encima de estas situaciones y no caer en la bajeza de la venganza. ¿Qué imagen se da a los ciudadanos cuando los jueces condenan a muerte, las prisiones se transforman en corredores de la muerte y quienes poseen el derecho de gracia se niegan a ejercerlo? ¿Qué mayor violencia puede haber y qué mayor muestra de debilidad que el ver a las autoridades de un país decidir sobre la muerte de un ciudadano?

Una ejecución siempre es violenta y es sobre todo inhumana. A los condenados a muerte se les ahorca en Japón y en Irán, se les aplica una inyección letal en Estados Unidos y en China, donde, a pesar de esta apariencia clínica, la ejecución supone con frecuencia una muerte cruel y dolorosa. Por ello, el Relator Especial de Naciones Unidas sobre la tortura ha incluido las ejecuciones en su mandato.

Además, la condena a muerte es injusta e inútil, ya que ningún sistema jurídico del mundo está libre de errores judiciales o de juicios injustos. No todos los condenados a muerte tienen a su alcance los medios necesarios para asegurarse una defensa adecuada y la pena de muerte nunca ha contribuido a la reducción del número de asesinatos o de la violencia en sociedad alguna.

Imaginemos sin embargo que un asesino reconociese sus crímenes y que la investigación lograse demostrar su culpabilidad sin ningún género de dudas, ¿merecería por ello la muerte? No. Nuestra sociedad debe dar muestras de creatividad y ser capaz de ofrecer alternativas penales a la ejecución.

En 1981, cuando Francia abolió la pena de muerte, había más de 150 países que condenaban a esta pena y llevaban a cabo ejecuciones: hoy son sólo 21. A lo largo de estos últimos cinco años, Uzbekistán, Argentina, Burundi, Togo, Gabón y Letonia han ido eliminado la pena capital. El trabajo llevado a cabo por la sociedad civil ha dado frutos y la abolición pronto será universal, ya que es el camino que nos muestra la historia y el que supondrá el triunfo de los derechos humanos.

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